La relación entre humanos y tiburones ha sido hasta ahora muy superficial en la mayoría de los casos. Excepto si se trata de investigadores, científicos, buzos o cualquier persona que debe realizar trabajo o actividades con ellos, la mayoría de la sociedad únicamente tiene contacto con los tiburones en acuarios o zonas protegidas.

Quizá esto contribuye a la deteriorada imagen que se tiene de ellos. Es lo mismo que sucede entre las personas que no se conocen personalmente: lo que se escucha o se observa de ellas proporciona información y una imagen mental acerca de su comportamiento, pero nada es seguro hasta que se interactúa muy estrechamente con otros.

Pero sí, hay que aceptar que la figura “en vivo” de un tiburón blanco, un tiburón tigre o un tiburón ballena puede poner nerviosa a la mayoría de las personas. En condiciones normales, un tiburón no ataca a las personas por gusto, así que no hay razón alarmante para temer a todas las especies.

INTERACCIONES MÁS FRECUENTES
Es difícil tener contacto con los tiburones bentónicos ya que es poco probable acceder a la zona del fondo marino. Lo más frecuente es conocer tiburones pelágicos en acuarios grandes o en áreas de conservación. Muchos países cuentan con algunas y dependiendo de la temporada, es más fácil tener avistamientos cercanos.

En varios países es posible acudir a los sitios de reproducción de los tiburones. Los turistas ven una excelente oportunidad y hasta acceden a nadar con especies inofensivas, como el tiburón ballena, convirtiendo el momento en una experiencia única en la vida. Incluso, la práctica ofrece la posibilidad de obtener información directa acerca de la vida de dichos peces, descartando mitos y aprendiendo verdades.

Las personas que más interactúan con tiburones son, por supuesto, los buzos. Profesionales o no, gracias a ellos se ha recabado información de primera mano y se han realizado numerosas investigaciones que permiten conocer cada vez más sobre la vida de los escualos.

Un estudio publicado a principios de 2001, por el profesor Erich K. Ritter, de la Universidad de Hoffstra, revela datos importantes acerca de la inteligencia de los tiburones y de su capacidad de comunicarse no sólo con los de su misma especie, sino también con los seres humanos.

De acuerdo con las interacciones observadas entre buzos y tiburones, éstos envían señales cuando se encuentran con un humano. Un tiburón es capaz de reaccionar a los movimientos ajenos y demostrar un lenguaje corporal específico en relación con tales movimientos. Este estudio tiene la intención de interpretar las señales para establecer métodos que permitan un contacto sano y con riesgos mínimos para ambas partes.

IMPLICACIONES
El contacto de los humanos con los tiburones ha de ser limitado. Mientras las personas temen encontrarse con uno de estos animales por considerarlos máquinas devoradoras de carne, éstos se ven amenazados por la pesca inmoderada y la destrucción de su hábitat. Asimismo, el turismo ha alarmado a muchos ambientalistas, que debaten las consecuencias físicas y emocionales en los tiburones (estrés, miedo, migraciones, etc.).

Los humanos son causa importante de la reducción de sus poblaciones y de las falsas creencias que hay acerca de ellos. Irónicamente, la sociedad entera debe muchos conocimientos teóricos y aplicados a los tiburones. Parte de las investigaciones sobre el funcionamiento de su cuerpo han ayudado a comprender el funcionamiento del cuerpo humano y a construir metas futuras relacionadas con la salud y el bienestar.

La relación tiburón–humano no tiene por qué ser problemática. La mejora de esta relación pone de manifiesto la necesidad de información veraz sobre la vida y las condiciones de los escualos, así como del respeto que merece como cualquier otra especie importante de los ecosistemas.

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